MAGISTRAL ARTÍCULO, DE
CESAR HILDEBRANDT UN RESUMEN CASI COMPLETO DE NUESTRA
REALIDAD
Una nueva relación con
Chile
La verdad es que ya me aburre hablar de
Chile. Durante estos años me he ocupado del asunto y, al lado
de personajes de veras importantes, he tratado de advertir y
recordar.
Al final, todo lo que uno puede decir de
Chile es, en resumen, que nunca será un país amigo del
Perú.
Con Chile, sin embargo, tenemos que
entendernos.
Entendernos no como lo propone la diplomacia
del doctor Alan García, desde luego.
Porque García sigue hablando de cuerdas
separadas y diciendo que por un lado están los negocios y por
el otro el asunto de fondo.
Es que García no entiende que para Chile los
negocios son el asunto de fondo. Y los chilenos tienen
razón.
El guano y el salitre fueron su negocio en
el siglo XIX.
Comprar un Perú barato, de a trozos y sin
tregua, es su negocio actual.
Y para defender esos negocios es que Chile
se arma.
No es el asunto de La Haya lo que ha
desatado la belicosidad de Chile.
Su armamentismo superlativo tiene veinte
años de existencia y se ha reforzado, precisamente, en los
últimos seis –mucho antes de que presentáramos nuestro
expediente en la máxima instancia del arbitraje
internacional-.
Nadie ha armado mejor y más ofensivamente a
Chile que la señora Bachelet, que es una mezcla de Pasionaria
con Patricio Lynch.
Porque a la hora de pensar en el Perú el
socialismo de la Concertación pasa por el filtro de la historia
y se impregna de esa enemistad rancia y pétrea que viene de
lejos y que no terminará fácilmente.
Chile sólo nos mirará como interlocutores
cuando nos mire como a iguales.
Y eso quiere decir un Perú digno, erguido,
serio y dispuesto a hacerse respetar sin apelar a bravuconadas
ni hurgar todos los días en el resentimiento.
Un Perú militarmente respetable y
económicamente floreciente es la única manera de encarar la
construcción de una nueva relación con Chile.
Un Perú económicamente floreciente y
militarmente cachivachero es el sueño de Chile.
Claro que el civilismo inmortal de la
derecha –aquel que nos condujo a la humillación del siglo XIX-
no está de acuerdo con esto.
La derecha peruana, a diferencia de la
chilena, no tiene patria. Tiene sólo bolsillos.
El señor Graña, por ejemplo, es tan peruano
como los chocolates Costa. Tan peruano como las tiendas
Wong.
Graña –no lo olvidemos- fue el socio de
Chile en el allanamiento del Aeroclub Collique, vendido
truhanescamente gracias a la cutra y a la desnacionalización de
la agenda del desarrollo peruano.
Lo primero que hic ieron en Collique fue
sacar con comba el busto de José Abelardo Quiñones Arízola, el
héroe de la Fuerza Aérea peruana.
El círculo se cierra: de Quiñones Arízola
expulsado al suboficial Ariza bien pagado.
Víctor Ariza es un traidorzuelo.
Pero, ¿cómo llamar a quienes han permitido
que Lan-Chile sea hegemónica en los vuelos domésticos del Perú,
empleando a pilotos militares autorizados por el ministerio de
Transportes de Lima?
¿Qué nombre les damos a los que destruyeron
la flota mercante del Perú y le cedieron las naves y las rutas
a Chile?
Y a quienes encubrieron la presencia del
capital chileno en la pestífera operación del puerto de Paita,
¿qué nombre les ponemos?
Ariza es un traidorzuelo. Pero la verdad es
que los datos que ha podido entregar en los cinco últimos años
eran los datos de la bancarrota y del desarme involuntario.
No había muchos secretos, felizmente, que
ofrecer desde una Fuerza Aérea públicamente inoperativa, a
chatarrada y necesitada de repuestos y antioxidantes.
Para decirlo con grosería: ¿Qué secretos
puede esconder una Fuerza Aérea que casi no puede despegar?
Alguien podría decir, no sin cierto cinismo,
que Ariza, que volaba en Lan y compraba en Saga y se remediaba
en Fasa y cambiaba losetas en Sodimac, ha podido pensar que lo
que estaba haciendo no era traicionar a su país sino colaborar
con un hermano mayor y empoderado.
¿Será que, más que traición, lo de Ariza
podría ser colaboracionismo de un nuevo Felipillo en un nuevo
proceso de conquista?
A la derecha dizque peruana le aterroriza la
idea de ponernos firmes con Chile.
Y es que la derecha dizque peruana no hizo a
este país: apenas lo saqueó.
La derecha chilena, en cambio, construyó un
país serio y a veces temible donde antes hubo una remota
capitanía y, más tarde, la anarquía de los primeros años de su
república.
La derecha chilena no se avergüenza de su
bandera ni susurra s u himno. La peruana carece de bandera y
bailaba minués cuando al inmenso Grau le faltaba carbón de
calidad en los calderos del Huáscar.
No proponemos el baño María eterno de la
memoria herida. El pasado es inmodificable. Lo que tenemos que
lograr es que también sea irrepetible.
Hablamos del presente.
Hablamos de empezar a revisar nuestra
política hacia Chile.
Primero, poniendo restricciones al ingreso
del capital chileno en áreas que pueden ser consideradas
delicadas para nuestra seguridad. Eso es lo que ellos hacen y
harán en relación al Perú. Si eso significa desbaratar el TLC
firmado a espaldas del Congreso, pues habrá que hacerlo.
Segundo, comprando –a pesar de las rebietas
“cosmopolitas” de la derecha- lo que nos falta para dejar de
estar indefensos. Porque las armas, doctor García, son también
una inversión. No le haga usted caso al civilismo, madrastra de
todas las derrotas.
Tercero, cooperando con Chile en todo
aquello en lo que podamos marchar juntos como los vecinos
inexorables que somos.
Cuarto, afianzando nuestra relación con
Ecuador, Colombia, Bolivia y Brasil –más allá de los discursos
y entrando al terreno del desarrollo de fronteras, la inversión
recíproca y la sinergia de empresas y proyectos-.
Chile es un país serio con el que tenemos
que convivir. Es, en muchos sentidos, un país admirable.
Pero es también un país que ha pensado
siempre que Bolivia es obviable y que el Perú es una suerte de
hinterland, un súbdito comercial, una Araucanía del norte, un
peldaño de esa escalera que lo llevará ser la mayor potencia
del Pacífico sur.
Es hora de entender esta complejidad y de
actuar como un país y no como un serrallo. Sin aspavientos pero
con la férrea voluntad que merecen las buenas causas.
César Hildebrandt
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