LA LECCIÓN PERUANA
Por qué debemos aprender de una de las mejores y más intactas culturas gastronómicas del mundo
Desde Lima, Daniel Greve
Aún no puedo sacarme de la cabeza el episodio. Debe haber pasado hace unos dos años, en Holanda, durante una
actividad oficial que buscaba promocionar Chile como imagen país. Delante de unos doscientos especialistas en vinos
y destilados, líderes de opinión en sus respectivos países, Chile hacía debut con un par de emblemas culinarios. Lo
habían hecho con geométrico éxito Portugal y México. Era nuestro turno. Pero en lugar de mostrar a Chile desde
el orgullo, desde nuestros sabores ancestrales, desde nuestra materia prima mejor conservada, el debut fue el de
quien llega con pocos presupuestos, con la torpeza de hacer más encuentros a bajo costo, en lugar de hacer menos
pero con mejor desarrollo y más impacto. En el fondo, con más ínfulas que verdades. El pisco sour de bienvenida era
espantoso y, para nuestra desgracia más subrayada, estaba el experto peruano en vinos y piscos Johnny Schuller.
Estábamos con Patricio Tapia y se nos caía la cara de vergüenza.
Pero había que tomárselo con humor. Pato miró a Johnny y le dijo, con una mezcla de risa y resignación: 'una
mierda, ¿verdad?'. 'Una mierda', contestó Johnny, siguiendo el juego. Y así era. El buffet, no simple sino que
simplón, y sin preparaciones típicas, también estaba alineado. El tomate chileno se presentó en una caprese. Pedí
una explicación, al no ver chancho en piedra, o pebre, o ensalada chilena. Y la respuesta fue: 'es que eso es muy
rasca'.
Bajo esa lógica, que es sin duda la convicción más fuerte, propagada y a la vez dañina, Chile tiene muy pocas
posibilidades de llegar con la verdad de su cocina al mundo. Ahora me encuentro en Perú, luego de hacer un trip
culinario junto con el Círculo de Cronistas Gastronómicos de Chile, y pude constatar -como queda claro y escrito en
la calidad con la que se representa afuera- que el eje de la cocina limeña, que hemos degustado intensamente, son
sus raíces. Y el orgullo con el que se muestran. Los restaurantes más modernos, mejor montados, que miran hacia una
cocina evolutiva y que se emparentan sin ningún signo de debilidad frente a los mejores restaurantes de Europa,
todos, sin excepción, aprovechan la materia prima que les entregan las dos enormes y nutridas despensas que Perú
tiene, por mar y tierra. Y en ningún momento existe una pretensión de querer afrancesar o españolizar su cocina.
Todos, los modernos y los tradicionales, los de autor y los que interpretan una zona específica del Perú, sin
excepción alguna, aprovechan su potente pasado histórico culinario, en muchos casos de miles de años, y lo
potencian con una elegancia y convicción asombrosos.
Y ahí está una de las claves. Creer. Alguien dijo una vez que no hay que ver para creer. Hay que creer para ver. Y
la cocina peruana, tanto por lo que yo recordaba de Cusco y Arequipa, como por lo que pude ver en Lima e Ica, posee
una convicción blindada y una vista kilométrica. Los peruanos, aparte de cocinar con una sazón con la que nacen,
que está en su genética, en su ADN, lo hacen con convicción. En su cocina no hay pretensiones falsas, ni
sofisticaciones estériles. En Perú se cocina con el corazón, más que con las manos. Hay un amor infinito por el
pasado, por el origen, por la materia prima, por la tierra, por el mar. Existe una ideología que no acepta
sucedáneos, un orgullo que es alérgico a la falta de identidad. Y si en el vino existe denominación de origen y se
lucha por el terroir, pues la cocina peruana nace desde la médula misma de esa autenticidad.
Sólo ayer estuvimos recorriendo varias bodegas de pisco. Bodegas que aún conservan los lagares de la conquista, que
mantienen viejos secretos de destilación, que exhiben con exquisito orgullo que el tiempo sí ha pasado, y que lo ha
hecho a su favor. En los comedores del Tres Generaciones, con la señora Juanita, me comí uno de los platos de mi
vida. Ensalada de pallares verdes. Así. Simple, sin laberintos ni sabores que están de más. Como cuando fui a comer
al Can Fabes, el restaurante de tres estrellas Michelin de Santi Santamaría, considerado entre los 20 mejores del
mundo, y pude probar su simple y exquisita crema de guisantes. En su momento lo dije: la gracia de Santi es
justamente esa. Llevarnos al Nirvana con una simple crema, algo que por cierto es muchísimo más difícil que hacerlo
con un sofisticado plato que lleva trufas y foie gras, que es casi una carrera ganada desde un inicio.
Aquí no. Con una simple selección de porotos sancochados, los mejores al alcance, con algo de ají amarillo, vinagre
local, cebolla morada, limón verde y sal, estaba frente a uno de los bocados más sublimes del universo.
Así de simple. Y así de glorioso. Chile debe sacar de aquí una gran lección. No de técnicas, ni de recetas o
fórmulas. Debe volver a creer. Debe recuperar el orgullo por la cocina antigua, la de verdad, la que le da a
nuestro país un nombre. Chile no es una caprese. Chile no es un risotto. Chile no es un caramel custard. Si bien
todas esos ejemplos deben existir, para que la oferta sea nutrida, amplia y digna, tienen que cohabitar también, y
con igual o más fuerza, ejemplos de lo que verdaderamente somos. Por suerte siguen habiendo ejemplos en Santiago, y
muchos de los cocineros jóvenes están interesados en productos endémicos, y hacen esfuerzos por recuperarlos y
realzarlos, pero falta mucho, sobre todo por parte de las instituciones que nos representan afuera, para que pase
de ser un tímido susurro -del que a veces nos avergonzamos- a un grito potente y honesto, que provenga de las
entrañas. Perú lo viene haciendo desde hace mucho tiempo. Y su grito auténtico y penetrante ya fue
escuchado.
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